La lógica simple de una carta escrita desde el infierno

El adolescente todavía tenía la sonrisa de un niño e iba ya como un mes encerrado. No lo sabía, pero afuera era casi-casi una estrella de rock. Todos hablaban de él. Se decía y repetía que no tenía dinero y que había sido secuestrado por error. Había quienes, incluso, llevaban un lazo amarillo en el pecho como señal de protesta. En las iglesias, se rezaba por él y por su liberación.
La gente estaba sedienta. Sedienta como un perro babeante, porque la curiosidad y el morbo son una droga letal. Y, entonces, ocurría lo de siempre:en los periódicos, los jefes, con la mirada severa, preguntaban a diario:
—¿Novedades sobre el muchacho?
Y ya sabemos que no hay No que valga en situaciones como esta. Uno no puede decirle a su jefe que no tiene novedades: que en la casa no contestan, que la Policía ya no quiere hablar y que los secuestradores no dan señales de vida. Si dices eso, como mínimo te ganas un mierda y dos carajos. Hay que ingeniárselas, siempre.
El Coyote estaba sentado en la oficina, pensativo. Era fácil predecir que masticaba un rumor. Le habían dicho que una carta del muchacho le había llegado a la familia.
—Una carta… —pensaba El Coyote, y no se le ocurría nada.
La carta existía, efectivamente, pero nadie sabía lo que decía. En la División de Secuestros ya olfateaban al muchacho y sabían que su liberación sería un éxito comercial para la siempre alicaída imagen de la Policía Nacional. No querían arriesgarse. Menos, mucho menos, con ‘esos periodistas de medio pelo que joden todos los días y todo lo cuentan’.
En la redacción, El Coyote seguía pensando: nada. Pasaban las horas y se le empezaba a ver la cara de resignado. Se agarraba la cabeza con fuerza. Se frotaba la cabellera larga, los ojos indios. Hacía mil llamadas. Maldita sea: nada.
Hasta que se iluminó.
Lo que en ese momento ocurrió en su cabeza pronto lo convertiría en leyenda. Luego de horas y horas haciéndose las más grandes y filosóficas preguntas sobre el contenido de la puta-carta, reparó en su lado más elemental e instintivo, y se preguntó a sí mismo:
—¿Si yo estuviera en su lugar, qué le escribiría a mis padres? ¿Acaso no les diría, quizás, lo mismo que él? ¿O al menos muchas cosas parecidas?
Siguió rumiando unos minutos más, en silencio. Recordó a su madre diciéndole -a él, que era ateo– que, en el momento de su muerte, le pediría a Dios que lo salve. Volvió a pensar en la hoja en blanco frente a ese adolescente escondido en una habitación oscura, ya ojeroso y con la ropa sucia. Y repasó, una a una, las millones de oraciones comunes que cabían en una carta como esa, escrita desde aquel infierno.
De pronto, El Coyote abrió bien los ojos y sonrió como si se acababa de enterar de que se ganó la lotería, se paró de su asiento y dijo:
—¡Lo tengo!: “Ma-má, pa-pá, los quiero”.
No podía fallar: podría ser la primera o la última oración de la carta, pero tenía que estar.
Al día siguiente, su diario tuvo un récord histórico de ventas. En la portada, estaban la clásica foto del adolescente [y su sonrisa de niño], el cursi lazo amarillo y unas sangrientas letras rojas que decían, en mayúsculas: “Mamá, papá, los quiero”.